Siempre es curioso preguntarse por el origen de cosas que ahora damos por hechas e imprescindibles. Nos recuerda que vivimos en una sociedad privilegiada, con sistemas e infraestructuras que nuestros antepasados no podían ni soñar. 

¿Te has preguntado alguna vez cuándo se inventó el lavabo moderno, o por qué se llama precisamente así en vez de “lavadero” o “lavamanos”?

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 Lavarse la cara y las manos a lo largo de la historia

 El gesto de lavarnos la cara y las manos es tan normal para nosotros que ni pensamos en ello. Pero no siempre fue tan fácil. De hecho, en la antigüedad, sólo en la Grecia, Roma y Cartago clásicas se han encontrado piletas lavatorias, consistentes en una pieza fija con algún tipo de palangana, y el aguamanil, una jarra de asa grande y boquilla larga que sirve para verter agua.

En el resto del mundo antiguo, si se lavaban alguna vez, debían hacerlo en el río o bajo la lluvia, porque en casa no había muchas opciones.

La Edad Media no trajo mejoras a este respecto. De hecho empeoró: en la Italia o la Grecia medievales dejaron de utilizarse las pilas. Las únicas pilas en aquella época estaban en iglesias, monasterios o mezquitas: pilas bautismales, pilas de abluciones. Lavarse como un ritual religioso, y no doméstico. Lavarse como algo extraordinario, y no rutinario.

No sería hasta el siglo XV, cuando tantas cosas cambiaron en Europa, que también cambiaría la higiene. Es aquí donde podemos situar el origen del lavabo, ya que aparecieron (primero en Italia, luego en el resto de países) lo que serían los primeros y auténticos lavabos domésticos que se generalizarían en todas las casas. Seguro que te suenan: consistían en un trípode o mesilla de madera, sobre la cual descansaba una jofaina o lebrillo (una gran palangana de cerámica en la que verter el agua) con su aguamanil.

 Estas piezas de cerámica a menudo se decoraban, existiendo piezas increíblemente hermosas en los museos de todo el mundo, lo que indica que ya entonces la gente buscaba un sentido estético en su aseo.

 Este sistema de higiene doméstica se mantuvo durante siglos, hasta el siglo XIX, cuando nació la fontanería moderna. Se inventaron e instalaron en las nuevas viviendas largas tuberías de hierro soldadas con plomo que permitirían el agua corriente. Y con ella, los lavabos modernos.

Lavabos sobre encimera Bathco Castellón de porcelana, acabado crudo/natural

 Yo lavaré…

¿Pero cuál es el origen del lavabo o, mejor dicho, de su nombre? Bueno, la palabra lavabo proviene del latín lavare. En concreto, es su forma de futuro en primera persona: lavabo significa “lavaré”.

¿Por qué en futuro? ¿Quizá como promesa de lavarse regularmente en el futuro? Pues no, su origen es bastante más imprevisible: el nombre lo pusieron los curas que cantaban misa a partir del siglo XVI, tras el Concilio de Trento.

Aquel Concilio fijó un nuevo rito para la misa (la llamada Misa Tridentina), exclusivamente en latín. Antes de poder tocar la Hostia para dar la comunión, el rito indicaba que el sacerdote debía lavarse las manos, lo cual hacía un monaguillo acercando una jarra o aguamanil, y la palangana o lebrillo.

Y mientras se las lavaba, recitaba:

 Lavabo inter inocentes manus meas

et circumdabo altare tuum, Domine

“Lavaré mis manos entre los inocentes

y rodearé tu altar, Señor”

La parroquia, que en general no entendía mucho el latín, se quedó con la copla del “lavabo”, y parece que por metonimia le asignaron ese nombre a todo el ritual del sacerdote lavándose las manos. Y luego, por extensión, a los utensilios que se utilizaban para el proceso.

Y de esta forma tan curiosa nació no sólo el lavabo, sino la palabra para designarlo en castellano.

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